martes, 7 de enero de 2014

42. Callada

Llevo un montón de días callada. Mi madre estuvo haciendo experimentos con el router a ver si conseguía que la wifi llegara hasta el último rincón de la casa (incluido el ropero de las toallas). Como consecuencia nos quedamos sin red ninguna hasta que vino el técnico a echarnos la bronca y recomponer la instalación. Por eso no les conté nada. Por eso y porque estuve triste y oscura, como esos pescados abisales que son todos ojos ciegos y colmillos protuberantes y escamas verdes y antenas raras. Y me sigo resistiendo a escribir penas. 
Miren, cuando mis amigos me leen por aquí les parezco de lo más fuerte y capaz y se sienten orgullosos de mí: luego, cuando me ven en carne y hueso y corticoides, soy una criatura gris que tiende a hablar del caos, el miedo y la muerte como únicas constantes en el universo. Temas así, entretenidos, ligeros. No quiero engañar a nadie, entiéndanme, estar enferma es un asco y además se hace muy largo. Pero cuando escribo elijo contarles lo que me da la gana a mí. Luego, en la calle, con la gente delante, editarme la cara y la voz me cuesta más. 
Bueno, vamos a centrarnos: el parte. Estoy en casa de mis padres porque empiezo 2014 yendo de médicos. La primera crisis del año la tuve el día 1. Esta semana me hicieron una resonancia magnética y me dijeron que es todo normal (en la medida en que tener un agujero en el cerebro puede ser normal). Mañana tengo cita con el neurocirujano. Llevo dos mil preguntas anotadas en la libreta. Después mi padre me llevará a desayunar zumo de tunos y guayabos y pan tostado con aguacate y queso tierno. Y después ya veremos.