Llevo un montón de días callada. Mi madre estuvo haciendo
experimentos con el router a ver si conseguía que la wifi llegara
hasta el último rincón de la casa (incluido el ropero de las toallas). Como consecuencia nos quedamos
sin red ninguna hasta que vino el técnico a echarnos la bronca y recomponer la
instalación. Por eso no les conté nada. Por eso y porque estuve
triste y oscura, como esos pescados abisales que son todos ojos
ciegos y colmillos protuberantes y escamas verdes y antenas raras. Y me sigo
resistiendo a escribir penas.
Miren, cuando mis amigos me leen por aquí les
parezco de lo más fuerte y capaz y se sienten orgullosos de mí:
luego, cuando me ven en carne y hueso y corticoides, soy una criatura
gris que tiende a hablar del caos, el miedo y la muerte como únicas
constantes en el universo. Temas así, entretenidos, ligeros. No
quiero engañar a nadie, entiéndanme, estar enferma es un asco y además se hace muy largo. Pero cuando escribo elijo contarles lo que me da la gana a mí. Luego, en la calle,
con la gente delante, editarme la cara y la voz me cuesta más.
Bueno, vamos a centrarnos:
el parte. Estoy en casa de mis padres porque empiezo 2014 yendo de
médicos. La primera crisis del año la tuve el día 1. Esta semana
me hicieron una resonancia magnética y me dijeron que es todo normal
(en la medida en que tener un agujero en el cerebro puede ser
normal). Mañana tengo cita con el neurocirujano. Llevo dos mil
preguntas anotadas en la libreta. Después mi padre me llevará a
desayunar zumo de tunos y guayabos y pan tostado con aguacate y queso
tierno. Y después ya veremos.