Venga, vamos a hacer un esfuerzo y
mirar esto con buenos ojos. O algo.
-Tengo bastante pelo ya. Como dos
centímetros o así. Tieso como el demonio. Después de una lucha titánica con el peluquero
y dos intentos he conseguido teñírmelo de mi color, que viene
siendo un castaño oscuro
ceniciento-y-ya-ni-avellana-ni-palisandro-ni-nada-joder-castaño-he-dicho.
Las clareras se ven cada vez menos, pero siguen ahí, y me las tapo
mediante el método Berlusconi I, vamos, con sombra de ojos y una
brocha. Mientras no llueva funciona perfectamente. El método
Berlusconi II, el implante capilar masivo, lo dejo, si acaso, para
más adelante. En cuanto a las barbas y los bigotes, los llevo de un
elegantísimo rubio nórdico, que es tendencia.
-Paso menos hambre. Creo
que mi cuerpo ha calibrado la situación y ha dicho “considerando
el aburrimiento infame que me produce esta mierda de comida sin sal
ni colesterol, no pienso ni molestarme en pedirla”. Ya no me dan
aquellos ataques de “trae, trae eso para acá, ah, que es un
zapato, pues da igual, alcánzame el tabasco y un cacho de pan,
gronf-gronf”... ¿Eso significa que estoy adelgazando? ¡No! ¡Pero
engordo más despacio! ¡Yuju!
-Todo el mundo me alaba cualquier piradera que se me ocurra. Por ejemplo, este año he
decidido que voy a poner decoración navideña. Concretamente, un
surtido de dinosaurios travestones, con pelucas de espumillón,
perlas de colores, lazos plateados, cascabeles, en fin. Hay dos
Tiranosaurios, un Tricerátops, un Pterodáctilo, un Estegosaurio...
Aún no he acabado y la casa entera está llena de restos de
lentejuelas y hojas de acebo en miniatura y pegotes de superglú y
Braquiosaurios. Y yo también.
-Mi piel está incalculablemente tersa.
Podríamos decir, también, estirada como el parche de un tambor, a puntito de resquebrajarse,
pero hemos dicho que vamos a ser optimistas, ¿no? Pues eso, nada de
arrugas. Y sin gastar un euro en cirugía plástica ni botox.
-Las convulsiones ya no me cogen por
sorpresa. ¿Por qué? Porque todo el rato siento que estoy a punto de
que me dé una crisis, con lo que inevitablemente me mantengo en
guardia. Es verdad que puedo pasarme días, días y días sin
acertar, tensa, pendiente de mi hemihocico izquierdo y comprobando si
aún puedo decir “cosmopolita”, “aerogenerador”,
“clamorosamente”, pero el estado de alerta es así, esforzado, todo no se
puede tener.
-Me han dicho los médicos que me
quedan aún unos cuantos meses hasta que mis glándulas se espabilen
y empiecen a funcionar medio decentemente otra vez. Hay que respetar
los ritmos del cuerpo, vísteme despacio que tengo prisa, y además
así podré ir adaptándome a todo gradualmente, sin brusquedades.
-Tengo un pastillero nuevo. Rosa. Con
dibujitos.
Ya, no cuela, ¿verdad?