viernes, 6 de diciembre de 2013

36. Buenos ojos

Venga, vamos a hacer un esfuerzo y mirar esto con buenos ojos. O algo.

-Tengo bastante pelo ya. Como dos centímetros o así. Tieso como el demonio. Después de una lucha titánica con el peluquero y dos intentos he conseguido teñírmelo de mi color, que viene siendo un castaño oscuro ceniciento-y-ya-ni-avellana-ni-palisandro-ni-nada-joder-castaño-he-dicho. Las clareras se ven cada vez menos, pero siguen ahí, y me las tapo mediante el método Berlusconi I, vamos, con sombra de ojos y una brocha. Mientras no llueva funciona perfectamente. El método Berlusconi II, el implante capilar masivo, lo dejo, si acaso, para más adelante. En cuanto a las barbas y los bigotes, los llevo de un elegantísimo rubio nórdico, que es tendencia.
-Paso menos hambre. Creo que mi cuerpo ha calibrado la situación y ha dicho “considerando el aburrimiento infame que me produce esta mierda de comida sin sal ni colesterol, no pienso ni molestarme en pedirla”. Ya no me dan aquellos ataques de “trae, trae eso para acá, ah, que es un zapato, pues da igual, alcánzame el tabasco y un cacho de pan, gronf-gronf”... ¿Eso significa que estoy adelgazando? ¡No! ¡Pero engordo más despacio! ¡Yuju!
-Todo el mundo me alaba cualquier piradera que se me ocurra. Por ejemplo, este año he decidido que voy a poner decoración navideña. Concretamente, un surtido de dinosaurios travestones, con pelucas de espumillón, perlas de colores, lazos plateados, cascabeles, en fin. Hay dos Tiranosaurios, un Tricerátops, un Pterodáctilo, un Estegosaurio... Aún no he acabado y la casa entera está llena de restos de lentejuelas y hojas de acebo en miniatura y pegotes de superglú y Braquiosaurios. Y yo también.
-Mi piel está incalculablemente tersa. Podríamos decir, también, estirada como el parche de un tambor, a puntito de resquebrajarse, pero hemos dicho que vamos a ser optimistas, ¿no? Pues eso, nada de arrugas. Y sin gastar un euro en cirugía plástica ni botox.
-Las convulsiones ya no me cogen por sorpresa. ¿Por qué? Porque todo el rato siento que estoy a punto de que me dé una crisis, con lo que inevitablemente me mantengo en guardia. Es verdad que puedo pasarme días, días y días sin acertar, tensa, pendiente de mi hemihocico izquierdo y comprobando si aún puedo decir “cosmopolita”, “aerogenerador”, “clamorosamente”, pero el estado de alerta es así, esforzado, todo no se puede tener.
-Me han dicho los médicos que me quedan aún unos cuantos meses hasta que mis glándulas se espabilen y empiecen a funcionar medio decentemente otra vez. Hay que respetar los ritmos del cuerpo, vísteme despacio que tengo prisa, y además así podré ir adaptándome a todo gradualmente, sin brusquedades.
-Tengo un pastillero nuevo. Rosa. Con dibujitos.

Ya, no cuela, ¿verdad?