domingo, 22 de diciembre de 2013

40. Café y fuego

[Pinito y yo bajamos a la plaza. Antes de empezar a jugar a la pelota y pringarme las manos de babas de perro, plumón de paloma y otras porquerías surtidas, me siento a tomar café en una terraza. Pinito me mira con cara de “mi vida es un infierno”, pero se tiende bajo la mesa y espera]
Camarero encantador: Buenos días, ¿qué le traigo?
Yo: Un cortado largo, muy caliente, por favor.
Camarero encantador: Muy bien, ahora mismo.
[Pasan cinco minutos. El camarero vuelve con el café]
Camarero encantador: Aquí tiene. ¿Y hoy no vino su hijo?
Yo: ¿Mi hijo?
Camarero encantador: Sí, ese chico tan alto, con gafas y gorra, que le tira la pelota al perro; hay que ver lo que salta el animalito, ¿eh?
Yo [helada]: ...
Camarero cabrón: Otras veces viene su nuera, una chica morena, con el pelo así...
Yo: No tengo hijos. Ni nueras. El que dice usted es mi marido y es de mi edad. Me lleva 20 días.
[Silencio espantoso. Seguido de otro aún más espantoso cuando pienso cuándo fue la última vez que vine a este bar y me doy cuenta de que mi nuera debo ser yo misma hace tres meses, antes de enfermarme]
Camarero cabrón: Ay, lo siento, me habré equivocado.
Yo: Sí. No vuelvo más, que lo sepa: le acabo de echar la cruz.
Camarero cabrón: De verdad, perdóneme.
Yo: No. Y además desde que se haga de noche vuelvo y le meto fuego al bar.