P: ¿Por qué crees que nos interesa
todo este rollo?
R: Cállense, desagradecidos, y léanme.
Que para eso son mis amigos. Podría estar dándoles esta misma chapa
en vivo y en directo, en un bar, y encima les costaría el dinero.
P: ¿Por qué protestas tanto por la
mala vida que te dan los corticoides?
R: Verán. Primero estuve
tres meses tomando a diario dosis altas de un corticoide muy potente.
Dexametasona, se llama. Que me fue bien para controlar la inflamación
del cerebro, pero que me provocó un montón de efectos secundarios.
Las defensas bajas, doce kilos más, retención de líquidos,
osteoporosis, debilidad muscular, colesterol, hipertensión,
alteraciones del apetito y del sueño, chepa, barriga reventona y
cara de luna llena, barbas y bigotes desmedidos, despellejamiento general,
moretones hasta en el oído medio, y podría seguir, pero mejor no.
Luego me fueron quitando gradualmente los corticoides. Entonces empecé a tener una bonita combinación de los efectos
antesdichos con otros nuevos, producidos por el hecho de que ya no
estaba tomando corticoides, y mi cuerpito (es un decir) los echaba de
menos. No, yo tampoco lo veo muy lógico, pero es así. Por lo visto,
si te metes corticoides sintéticos, las glándulas encargadas de
fabricar los orgánicos se relajan y suspenden la producción. Y cuando se les
corta el suministro externo tardan en volver a ponerse en marcha.
Resultado: a todo lo
anterior hay que sumar náuseas, dolores de cabeza, de huesos y articulaciones,
fiebre, astenia (que viene siendo un cansancio mortal y la
incapacidad física de salir de la cama o del sofá, incluso después
de explicarse a una misma con todo detalle por qué y para qué hay
que levantarse ya-ya-ya), pena infinita, cero ganas de hablar con nadie...
Entonces me volvieron a dar
corticoides. Pero otros más suaves, que se supone que me harán
pasar mejor el mono de los anteriores. Y en eso estoy. ¿Cómo no voy
a protestar? Desde ya les digo que ahora mismo el argumento “sí,
pero te libraste de la quimio y de la radio, y puedes andar y usar el
brazo izquierdo y todo” no me sirve de mucho. Más bien me
encorajina. Cosa totalmente impropia de mí, que nunca me enfado ni
pierdo la paciencia.
Ya saben, la culpa de todo
es de las drogas. O de la falta de las mismas.