Hace una semana me encontraron un tumor en el cerebro.
Lo diría mejor, más suavecito, pero no sé cómo. Lo que me propongo hacer aquí
es darles el parte. Los médicos me han dicho que el nódulo no parece especialmente maligno,
que está en buen sitio, a pocos milímetros de la pared del cráneo,
que se puede operar y que en general vamos bien. Son los mismos médicos
que me han hecho firmar nosecuántos consentimientos informados, esos documentos en los
que reconozco minuciosamente que si me muero o me estropeo la culpa es toda mía, que lo
tenía que haber pensado mejor antes de empezar con las convulsiones.
Entre prueba y prueba he aprendido cosas útiles. Por ejemplo, el cerebro no es rosado ni gris, sino café con leche. Corto de café. Y como los tumores son del mismo color, se distinguen mal, hay que mirarlos con microscopio. Además, aunque estén hechos del mismo material que el resto del cerebro, no pueden pensar por su cuenta.
Me dan cantidades descomunales de drogas preoperatorias. Vivo colocadísima, mareada, y no me dejan
estar sola ni dos minutos. En la ducha tampoco. Bajo las escaleras agarrada a la barandilla. Y cuando nado mi padre me silba desde la arena para que no me vaya lejos, como cuando era chica.
Lo normal a estas alturas sería que
sintiese un odio lleno de dientes por la humanidad en su conjunto, y luego ya
iríamos entrando en detalles. Pero no. El poder de las drogas es tal que estoy
inexplicablemente tranquila, me caen bien todos ustedes, reparto besos sin esfuerzo y sólo pienso en la radial muy de vez en
cuando. Mi hermana, llena de espíritu científico, dice que va a estudiar cómo me afecta la medicación a través de Twitter. De "mis vecinos están de fiesta en la piscina, así se ahoguen todos y cojan lamelibranquios en los pulmones" a "cómo echo de menos a mis adorables vecinos y sus juegos acuáticos en las tardes de verano".
Si eso pasa, les doy permiso para rematarme en el acto.