lunes, 23 de septiembre de 2013

7. Como cuando era periodista, siempre tarde

Yo pensando que a lo mejor a estas alturas tenía que haberles dado ya las novedades: que me vuelven a operar este viernes 27, que el tumor se llama Astrocitoma y es menos inocente de lo que parecía a primera vista (aunque cuernos-cuernos no tiene, menos mal, quiero decir, podría ser dos grados más maligno de lo que es), que después me caerán más y más tratamientos, y que entre tanto me dedico a gastarme el dinero de la Sanidad Pública (gracias por sus impuestos, queridos) en resonancias magnéticas de colores, tomografías axiales computerizadas, medicaciones raras y así. Gran elegancia.
El neurocirujano dice que no ve por qué no me voy a poder presentar a las oposiciones de traductora a las que me apunté antes de saber que estaba bichada otra vez. Que el lenguaje seguirá ahí. Que sólo tengo que descansar unos 40 días antes de sentarme a estudiar de nuevo. Es claro y me gusta mucho, el hombre. Cuando me habla de las secuelas y desastres posibles lo hace con una normalidad masiva. Mi peluquera de toda la vida se pone más dramática hablando de canas tiesas y tonos-sobre-tonos.
Ayer me quitaron la última grapa. Y bien. Ya se me deshinchó la cabeza y se me pasó el coraje asesino (la mayor parte del tiempo). Ahora tengo muchas ganas de escribir y hago listas de historias pendientes, para que no se me olviden, pero me canso enseguida. Parece que mis obras completas saldrán despacio.
Ah, desde aquí quiero hacer un llamamiento a mi dibujante, que por suerte no me conoce de nada y no me lee. Dibujante, tío perro, como no te espabiles ya con el libro que tenemos pendiente, corrijo, que TIENES pendiente, que ya yo lo escribí desde cuándo, te va a acompañar Pirri en la promoción; y te lo juro que aunque pueda hablar bien me voy a esforzar por escupirte lateralmente y empañarte las gafas.