I. Cuando hagas la maleta para ingresar, lo primero y esencial es un salero, y luego un bote de tabasco de chipotle. Lo demás da bastante igual. Pijama, jabón y eso tienen ellos.
II. En las salas de espera no hay que dejar nunca jamás que la gente te hable. Como mucho se les puede sonreír, pero con cara de ser afásica o finlandesa. Nunca debe decirse nada, nada. Las salas de espera están pobladas por gente llena del más extraño afán competitivo y todos quieren ser el más enfermo, el más perforado, cosido y clavado, el que tiene más anticuerpos y más secuelas y menos ojos y esfínteres funcionales. Si se les da la más mínima oportunidad, te enseñan las cicatrices y/o te vomitan encima.
III. Si en tu carné dice que tu nombre es María Begoña de la Luz, aunque, por supuesto, tu familia te llame Nené de toda la vida, y tú, con infinito esfuerzo y dedicación, hayas conseguido que el resto del mundo te conozca como María, el personal del hospital te va a gritar Maribego, Begoña de la Luz e incluso Lucita. De cariño. No hay que protestar, porque digas lo que digas se olvidarán en dos minutos, mirarán tu historia y volverán a decirte Maribego. Las muecas de dolor no les llegan.
IV. Si alguien se te acerca con un vasito de plástico pequeño y te dice "toma, Claudina Isabel, tu medicación", hay que fechar los dientes y negarse.