miércoles, 2 de octubre de 2013

9. Reanimación (segunda parte)

Vuelvo. Tengo un tubo atravesado en la garganta. Ahora Darth Vader soy yo. Hago "Gggffffkkhhh". Nada más que para joder. No puedo hablar, pero necesito decir un montón de cosas importantísimas. Así que escribo con las manos en el aire. No sé lengua de signos. Nadie me entiende, claro.

El cirujano: "Enséñame los dientes. Levanta esa mano. Cuenta con los dedos. ¿Y el pie lo puedes mover? Muy bien".

La neurofisióloga me mira raro. "Pues pensábamos que ibas a quedar mucho peor". Me da la risa.

De madrugada, mi madre juega al candicandi. "Gelatinas de mierda", farfulla en la oscuridad. La auxiliar que se sienta seis metros más allá va por el nivel 311. Todos los demás la aborrecen.

Mis gafas se rompen durante la operación. La familia sostiene que dentro del bolso de mi madre hay un vórtice de destrucción y que nunca jamás en la vida hay que decir "guárdame esto, Mami". Al odio asesino debido a la inmovilidad, al dolor, a los tubos, las agujas, los esparadrapos, al hecho de que el tiempo no pasa ni rápido ni despacio ni hostias, y de que hablo raro, sobre todo si quiero decir palabras largas, se suma el coraje de no ver. Y de tener que oírlo todo. Las conversas de las enfermeras, que están acostumbradas a tener pacientes sedados o tirando a difuntos y no miden lo que dicen, los pitidos de las máquinas, propias y ajenas, los carros, los teléfonos, las ambulancias, el helicóptero. Además cada poco entra alguien y te pone una linternita blanca en los ojos o algo. Un médico pequeño, moreno y amable se me acerca y me pregunta cómo estoy. "Cansada. No me dejan dormir ni diez minutos. Llevo zapatos hinchables y me aprietan. Todos ustedes me caen fatal". No dice nada, pero oigo que piensa "bueno, aquí no se viene a dormir". Luego me manda un tranquilizante.

"Mami, ¿yo tengo seguro de ese del Ocaso?". "¿Qué?". "O de Santa Lucía, yo qué sé, el de la cajamuerto, digo". "No. ¿Quieres uno? ¿Ahora?".

El señor alto también se ha enganchado al candicandi. Es posible que el mundo se vaya a acabar.

Me traen mangos, granadas, Stilton, gofio de millo, chocolate. Libros también, y hasta un ipod chiquito de la rana Gustavo. Echo de menos a la Pini y a Bob Esponja.