- Han pasado dos semanas desde la última operación. Aún llevo la cabeza llena de crucitas de tinta azul, de marcas oscuras en forma de espiral y de pinchazos de agujas (gordas, de las que dejan hoyo: muy mal, doctora, seguro que las había más chicas). Ah, y la cicatriz, que está en el lado derecho, como una C mayúscula. Grapas ya no, ni puntos. Todo es mejor sin grapas. Aunque el pelo parece talmente papel de lija y los apósitos se niegan a pegarse encima. Además dan dentera, así que los evito. Casi siempre llevo pañuelo o sombrero, pero cuando me canso o tengo calor me descubro la cabeza y asqueo vivamente a los viandantes. Por otra parte, que se jodan los viandantes.
- Tomo montones de corticoides. Eso significa que parezco una pelota de playa. O más bien varias pelotas de playa superpuestas, en plan muñeco de nieve, con un toque de palomo buchudo en las áreas intermedias. Los efectos secundarios de los corticoides son cinco mil millones: el insomnio, la hinchazón, los calores, la cara colorada, los bigotes, la bonita mezcla de agotamiento y arrebatos de actividad, el hambre asesina... Pero cumplen su función (mantenerme el cerebro en su sitio) y me aguanto. Antes o después me libraré de ellos. A veces no tengo ganas de que me vea nadie, a veces me importa cero. Si nos encontramos, queridos, esfuércense por no decirme que estoy muy guapa incluso así/a pesar de todo/porque mis ojos brillan/y la fuerza que transmito/y soy tan valiente... Yo les entiendo, pero me da coraje.
- Las personas me regalan cosas. De comer, de untarme, de ponerme, de leer, de oír. Hasta un teléfono nuevo tengo. Enorme, vamos, una guagua. Parezco rica. Es un exceso todo, y yo me resistiría, pero saben qué, ya aprendí: no. Me dejo. Agradezco infinitamente las mangas y las granadas, los tebeos y los libros, las cremas de lujo mundial, el chocolate, el regaliz... Y hoy, por ejemplo, me cayó una camiseta maravillosa en la que se ve a Hulk diciendo "Dioses a mí". Amo a Hulk en todas sus manifestaciones, y ese momento en el que zarandea a Loki de norte a sur como si fuera una zarigüeya me llena de felicidad. Mi madre, por su parte, me hace sopas y hasta mermelada casera de tomates. Ha descubierto que el mundo entero es mermeladable.
- Ayer me hicieron la máscara a medida para la radioterapia. Moló. Me dijeron que me estuviera quieta-quieta, me envolvieron la cabeza en algo que parecía plástico-flim, pero caliente (Dexter, ven a mí), cuando empecé a pensar que me asfixiaba del todo me abrieron un hueco en la boca y la nariz para que respirase, y luego se fue solidificando y ya me la sacaron. Es exactamente como la de Hannibal Lecter, pero al revés. Podría morder si fuera necesario.
- Pinito está feliz de tenerme de vuelta, pero cada vez que salgo de casa, aunque sean dos minutos, cree que me volví a ir para siempre y monta un drama con mucho ruido. Ha perfeccionado la cara de hambre/pena/dame un euro hasta tal punto que tengo que comprarle un arnés nuevo, porque el que traía lo está reventando.
- El señor alto está yendo a correr con mi padre. Esto es más grave que lo del candicandi.