A algunas señoras no les caben los zapatos. Se les rebosan
los pies igual que a las viejitas de luto que van a misa a Santa Ana. Las
señoras no se reconocen, miran con extraña fascinación el lugar en el que antes
estaban sus tobillos, y escuchan cómo les explican que sí, que es por los corticoides.
Lo mismo se aplica a la cara hinchada, al buche, a la barriga esférica, dura,
indomable, a la tensión alta, a la respiración trabajosa. Todo es por los
corticoides y todo pasará, de acuerdo con los médicos. Las señoras se esfuerzan
en dejar de barritar en voz alta, entre otras cosas porque barritar es difícil y
no les sale del todo bien y la gente las mira raro. Y procuran no enfadarse
cuando les quitan la sal. La sal.
Las señoras aprovechan y se compran zapatos nuevos. Gran
elegancia. Lo que ellas querrían en realidad es jamón ibérico, queso stilton,
huevos fritos con papas y guindillas, arroz negro, ortiguillas, bacalao, sushi
con mucho wasabi, manteca colorá. Pero zapatos está bien. Con un poco de
suerte, en unos meses ya no se acordarán de por qué se los compraron. O igual
sí, y acaban aborreciéndolos y regalándolos. Las interesadas pueden ir apuntándose a la lista
del 41 de horma ancha.
(La foto nueva de la cabecera es de Ernesto, y la pongo, claramente desactualizada como está, en defensa propia, qué coño, que antes o después volveré a mi ser)