sábado, 5 de octubre de 2013

10. Señora con la oreja amarilla (I)



En la última noche que pasé en el hospital descubrí de repente que no podía cantar. Sólo era capaz de decir entrecortada y desafinadamente trozos sueltos de las letras de algunas canciones, con voz ahogada y como ajena.

Puse el respaldo de la cama en alto, me recoloqué las almohadas, respiré hondo y dio igual. Entonces llegó mi hermana y se sentó a mi lado. Le conté y fuimos probando juntas. Ella es más chica que yo, pero, por suerte, del mismo planeta. Cuando vamos juntas (y solas) en coche casi siempre cantamos Don’t stop me now a voz en grito. O Somebody to love. Si estamos muy crecidas, Bohemian Rhapsody, y nos hacemos los coros mutuamente. Pero ahora no. Queen no podía. Ni los Beatles. Ni los Police. Cuando me dije “¿Y Camarón?”, y me oí croar lastimosamente “en los olivarillos, niña, te espero, con un jarro de vino y un pan casero”, me descompuse toda. Luego probé con la Bienpagá, con Ojos Verdes, con la Zarzamora, María de la O. Ay. Caetano, Gil, Jobim, Elis Regina, Rita Lee, Jorge Ben. Casi lloro.

Le pedí a mi hermana, que es médico, que me fuera a buscar algo bien fuerte a la estación de las enfermeras, porque si de repente resultaba que sólo iba a poder cantar cosas de Amaral o de Alejandro Sanz, quería que me durmiese allí mismo, sin más.

Entonces empezamos a oír una voz de hombre que gritaba “Socorro, Policía, socorro”. Nos callamos un poco. Pero vimos que el hombre seguía pidiendo auxilio igual, cantásemos o no, y qué coño, lo nuestro era una emergencia. “Si hay problema ya vendrá alguien a poner orden”. “Claro, claro”. “Que no es sino la una, tempranísimo para un hospital”. A ver. ¿Funcionan los tangos? Algunos. ¿Los boleros? Casi ninguno. ¿El lago azul de Ypacaraí? Poco. Mierda. ¿Las canciones de misa? Todas. Una espiga dorada por el sol. Yo tengo un gozo en el alma grande.

¿Las canciones de dormir a mi hermano el chico, las de los dibujos animados, las de ir para el sur (eso en mi familia era casi siempre Serrat o Alberto Cortez o unos tanguillos de Cádiz inexplicables)? Sí. ¿Roberto Carlos y el gato que está triste y azul? También. “Verás tú que la clave está en cuándo se guardaron”. “Pues la cagué, porque la música de mi infancia era un rollo”. “Igual se te pasa”. “Ya. O me quedo así”. “Bueno, mejor eso que cambada”. “Sí, pero por esto seguro que no me dan una paga”. “Tampoco es que fueras cantante profesional”. “Ya, si antes del primer cáncer tampoco me ganaba la vida con las tetas, pero igual me gustaba tenerlas”. “Sí, claro”.

Entonces mi cerebro cabrón decidió que ya estaba bien de sufrir y produjo la siguiente canción, perfectamente cantable: “Abanícame el papayo / que tengo mucho calor / abanícame el papayo / vida mía, por favor”. Saben, todavía llevo cuarenta grapas en el lado derecho del cráneo y no me tengo que reír, porque se tensa todo y duele. Pero no podía parar. Conseguí localizar la canción en las cercanías del verano de 1984 y le puse un mensaje a mi amigo Alberto, que muy afortunadamente me contestó enseguida diciendo que sí, que se acordaba de ella. Gran alivio. Imagínense que hubiera sido obra mía. Encima.

Al día siguiente vino el neurocirujano, que, aun siendo tímido y serio, pone cara de quererme porque he quedado muy bien. Los que quedamos bien molamos mucho más y a veces nos sacan en los congresos. Le pregunté por lo de la música y le encantó. Me dijo que hace unos años había tenido un paciente que aparentemente no había sufrido secuela ninguna, y que cuando volvió al trabajo (era arquitecto) descubrió que ya no entendía el mundo en tres dimensiones. Que esas cosas tan delicadas son bastante impredecibles, y que en realidad ya podíamos estar contentos el arquitecto y yo de poder comernos la sopa con nuestra propia cuchara y sin babero-delantal. Esto lo dijo distinto, pero era eso.


[continuará]