Lo que tengo que contarles hoy es que, de acuerdo con los médicos, estoy tan, tan bien, y soy tan joven y fuerte y sana, y me favorece tanto-pero-tanto la cabeza rapada, que lo correcto es fundirme a radios y quimios. Sí, porque si fuera viejita y decrépita o de todos modos fuera a morirme pronto, me dejarían tranquila. O si me hubiera quedado hecha un ocho tras la cirugía y total no albergáramos grandes esperanzas. O si tuviera la cabeza como don Pimpón. Motivos humanitarios, se llaman.
Pero no, yo soy de la raza de Terminator (por la parte de mi madre), cicatrizo rápido y bien, puedo mover todos los dedos y ojos, y las secuelas previsibles no tienen huevos de manifestarse. Y entonces, palabras textuales de los doctores, "para cubrirte bien las espaldas, pensando en tu futuro, vamos a ir con toda la caballería".
La caballería son 30 sesiones de radioterapia y quimioterapia, a la misma vez. Creo que se llaman concomitantes y que una cosa potencia a la otra. Eso, si no hay imprevistos, durará mes y medio. Todos los días de lunes a viernes. Y luego, después de un descansito de un par de semanas y una re-evaluación, seis meses más de quimioterapia. Seis meses. Una semana cada mes.
¿Alguno de ustedes, queridos, tiene máquina del tiempo? Aunque sea de esas con taxímetro y complementos especiales por servicio de aeropuerto. Llegamos a un acuerdo, me sacan de aquí y me llevan a 2015.
Mi madre me dijo hoy, con su voz de tranquilizar hijas, que no me preocupe si con la radio me queda alguna calva suelta, en plan leoparda sarnosa. "Porque puedes dejarte los flecos largos arriba y colocártelos en plan Anasagasti, y no se nota nada".
Mañana me toca echar el día en el hospital. Escáner de la cabeza a primera hora. Y luego mamografías de control. Yuju.