Hoy hice demasiadas cosas. Sólo dormí hasta las cinco de la mañana, y por más que encendí la radio y me puse un programa de Iker Jiménez que iba de vampiros con problemas de desarraigo en la Edad del Hierro (de verdad), no hubo modo. Cuando me rendí y me levanté a tomar café, me llamaron del hospital para que fuera a hacerme un electroencefalograma. Está bien, porque es una prueba limpita, sin agujas ni calambrazos. Te abrochan un gorro amarillo en plan burbuja de cava y te dan pellizcos aquí y allá, pero sin sangre ni necesidad de hacer ver que eres de piedra todo el tiempo; te dicen que cierres los ojos, más, más, más, y qué difícil es seguir cerrándolos una vez que tú crees que ya los tienes cerrados. Me tuve que sostener los párpados con los dedos y ni así. Luego, cuando parecía que el asunto ya estaba resuelto, me mandaron abrir y mirar, me pusieron un foco delante y me dispararon un montón de destellos lisérgicos sin piedad. Nivel de jaqueca: 500000000. La buena noticia es que no empecé a retorcerme ni a echar espumarajos allí mismo.
Después fui a desayunar con mi padre, y, en un ataque de inteligencia incalculable, debido, creo, a lo poco acostumbrada que estoy al jamón del bueno, decidí que era el momento de aprender a pintarme las pestañas. Unos treinta años tarde. El muchacho del Sephora estuvo haciendo experimentos conmigo y conseguimos llegar a un acuerdo respecto a lo que era humanamente aceptable. Máscara púrpura no, aunque resalte el tono verdoso de mis ojos (de verdad). Broadway, tampoco. Pegotes negros rollo Courtney Love, tampoco. Y una vez arreglado lo de las pestañas, un par de llamadas de notificación, una expedición con el Señor Alto para ver teléfonos de urgencia (porque, en uno de esos giros inesperados de los acontecimientos, anoche se le murió la placa madre del suyo, sin avisar), almuerzo japonés con mi hermana y, el horror-el horror, el Carreful.
Por qué voy al Carreful. No lo entenderé jamás. Y ahora, que soy la reina de las excusas. "No, mira, perdona, pero no, que tengo un tumor en el cerebro".
Mirándolo por el lado heroico les diré que ya tengo el equipaje del hospital (incluye un pijama de la Pantera Rosa), que anduve con zapatos de mujer y zarcillos largos todo el día, que llevé el carro de la compra estupendamente, que no me desmayé en el aparcamiento, que me acordé de traerle papas fritas sabor paprika al Señor Alto y que no he bebido. Un exceso.