Actividades interesantísimas a las que me dedico estos días:
- Resfriarme y morir. Bueno, resfriarme y respirar fatal.
- Dormirme por los rincones. Decirle al Señor Alto, muy dispuesta,
“vamos a no-sé-dónde”, y luego quedarme sopa mientras él sube a por la chaqueta
y las llaves.
- Leer tebeos y novelas de crímenes, pero en dosis mínimas,
tan cortas que a veces se me olvida quién se ha muerto ya y quién es el
sospechoso filonazi y/o psicótico. La culpa es de ellos. Deberían llevar
etiquetas identificativas.
- Ahogarme al tratar de pintarme las uñas de los pies. Esto,
para el capítulo “formas indignas de
perder el conocimiento en el hogar”.
- Mirar con preocupación lo mal que me está creciendo el pelo,
así, a manchones. De las canas ni hablo.
- Ahuyentar chihuahuas, que son tantos y tan repetitivos, sin
hacer ni caso de sus ojos de reproche.
- No encontrar el teléfono jamás.
- Preparar las pastillas del día y pensar todo el rato que me
equivoco, porque son muchas, y en cualquier momento voy a empezar a recitar
odas a la patria en lengua albanesa. Darme cuenta siempre a última hora de que
se me está acabando tal medicamento, agobiarme, mirar las farmacias de guardia.
Pensar que necesito un botiquín más grande, de unos cincuenta litros de
capacidad o así. Con ruedas.
- Comprobar que vuelvo a tener tobillos. Tomarme la tensión. Odiar
la comida sin sal y el café de mentira.
- Probar modos nuevos de atarme el pañuelo con la ingenua
pretensión de que no se note tanto la cara de torta que tengo. El método tradicional
(conocido también como “doña Rogelia”, vamos, el nudo bajo la barbilla en vez
de atrás, en la nuca) va ganando puntos. Pena que resulte poco estiloso y una
sea medio fashion victim.
- Hacer planes para la semana que viene tipo “el lunes tengo
hospital, el martes también, el miércoles libro, el jueves otra vez, ¿será en
ayunas lo del jueves?”.
- Hablarle a la tele con odio. Decirle “Por supuesto que me puedo
perder semejante mierda”, o “¡Pena de muerte, pena de muerte a todos!”.