Hoy volví a tener convulsiones. Por la mañana tempranito, en la playa. Acompañada por mi madre, la Pini y dos chihuahuas. No se sabe por qué; habían pasado más de dos meses desde el último episodio. Mi madre cree que es porque me cogí nervios gritándole a la perra, que estaba metida de patas en el agua masticando no sé qué carroña flotante y no me hacía caso ninguno. Pero si fuera por eso llevaría teniendo convulsiones ininterrupidamente desde el invierno de 2008. Un rollo, verán. Aunque recuperé el habla pronto, y luego pude seguir caminando y bañarme en la marea y todo (con mi madre a un metro, acechando como un halcón). Vuelvo al régimen de vigilancia permanente.
Luego, ya en casa, me llamaron por teléfono y mi hermano lo cogió y dijo muy encantadoramente que sí, que estaba y que me podía poner. Últimamente no soporto el teléfono y nunca estoy ni me puedo poner. No es nada personal, da igual quién llame. La cosa es que me asfixio toda hablando y además dejo de entender lo que me dicen después de los primeros cinco minutos. Bueno, pues hablé (podía haber fingido una crisis, si es que soy imbécil) y me mandaron a tomar remolachas, sésamo y ácido lipoico. Me cago en Saber Vivir y en todos sus muertos.
Y para completar la mañana decidí que no podía seguir así, con estos pelos en la cara (gentileza de los corticoides, también), y que sólo había dos opciones reales: dejarme sin complejos unas patillas dickensianas, que igual me ayudan a escribir más y mejor, además de estilizarme las facciones, o hacer algo drástico de una vez.
Ahora me veo mejor. Tengo un aire entre victoriano y rockabilly que me favorece bastante.