Ya he dejado de bailotear por los
rincones. Estoy aliviada y agradecida. Aunque éste no es un indulto
sin condiciones. Ojalá. Miren:
- Según el estudio aquel de los
positrones y la resonancia magnética, mi cerebro está regio y
reluciente. Pero según los demás análisis, el resto de mi persona
tiende al desastre. Ahora tengo colesterol. Y anemia. Y más cosas.
No puedo tomar sal. Ni queso, ni sushi, ni tortilla, ni jamón, ni
croquetas, ni bacalao, ni marisco, ni guacamole, ni chocolate, ni
leche de verdad, ni, ni, ni. Lo que sí puedo comer son cosas chatas,
blancas o grises o verdes, siempre y cuando no sepan a nada
reconocible. Ah, y una cerveza al día. Pequeña. Más ocho
medicamentos distintos (a no ser que me duela algo). La industria
farmacéutica me ama.
- Me ha llegado otro envío de la
señora de los unicornios. Esta vez las pegatinas decorativas son de
colibríes y mariposas. Y en vez de un disco hay textos. Como “El
espejo de la mente”, que explica que tengo que visualizar los
problemas (si existieren) dentro de marcos de distintos colores.
Azules y blancos. Así se solucionan. Y luego hay unas hinteresantes
hafirmaciones que debo repetir, del tipo “mi vida siempre está
llena de sorpresas agradables” y “las redes neuronales funcionan
según las órdenes que se les dan”. No digo más.
- A veces tengo convulsiones. Hasta
ahora nunca las había visto desde fuera, pero hoy me cogió una
crisis enfrente del espejo del baño. He decidido que en adelante voy
a llevar una pañoleta grande en el bolso, y si empiezo a retorcerme
por ahí, me la echo por encima, así, discretamente, como si fuera
un loro a la hora de dormir, hasta que se me pase.