sábado, 16 de noviembre de 2013

28. Indulto (II)

Ya he dejado de bailotear por los rincones. Estoy aliviada y agradecida. Aunque éste no es un indulto sin condiciones. Ojalá. Miren:

- Según el estudio aquel de los positrones y la resonancia magnética, mi cerebro está regio y reluciente. Pero según los demás análisis, el resto de mi persona tiende al desastre. Ahora tengo colesterol. Y anemia. Y más cosas. No puedo tomar sal. Ni queso, ni sushi, ni tortilla, ni jamón, ni croquetas, ni bacalao, ni marisco, ni guacamole, ni chocolate, ni leche de verdad, ni, ni, ni. Lo que sí puedo comer son cosas chatas, blancas o grises o verdes, siempre y cuando no sepan a nada reconocible. Ah, y una cerveza al día. Pequeña. Más ocho medicamentos distintos (a no ser que me duela algo). La industria farmacéutica me ama.

- Me ha llegado otro envío de la señora de los unicornios. Esta vez las pegatinas decorativas son de colibríes y mariposas. Y en vez de un disco hay textos. Como “El espejo de la mente”, que explica que tengo que visualizar los problemas (si existieren) dentro de marcos de distintos colores. Azules y blancos. Así se solucionan. Y luego hay unas hinteresantes hafirmaciones que debo repetir, del tipo “mi vida siempre está llena de sorpresas agradables” y “las redes neuronales funcionan según las órdenes que se les dan”. No digo más.

- A veces tengo convulsiones. Hasta ahora nunca las había visto desde fuera, pero hoy me cogió una crisis enfrente del espejo del baño. He decidido que en adelante voy a llevar una pañoleta grande en el bolso, y si empiezo a retorcerme por ahí, me la echo por encima, así, discretamente, como si fuera un loro a la hora de dormir, hasta que se me pase.