Yo no sabía que me iban a perdonar la radioterapia. Lo que
tenía por delante hasta ayer eran dos meses de ir cada día al hospital,
sentarme en la sala de espera hasta que alguien dijera mi nombre por megafonía,
entrar, saludar, tenderme, una de rayos, en fin. Y para eso era preciso que
tuviera ropa que ponerme. Porque no se puede ir al hospital envuelta en una manta.
Ni en albornoz. Por lo menos no todos los días.
A mí ir de compras me cansa. Pero ir de compras cuando no me cabe nada
que no sea talla XXL es agotador. Además, que algo te quepa no es razón
suficiente para llevártelo. Entre otras cosas, la ropa enorme es carísima.
Ustedes, seres de tamaño normal, no se dan cuenta de estas cosas. Menos mal que
estoy yo aquí para abrirles los ojos.
La cosa es que ayer, antes de la cita con la oncóloga, salí
de compras con mi madre. "Con mi madre" es un agravante, por si se lo están preguntando. Durante horas fui poniéndome y quitándome pantalones,
faldas, camisas, vestidos. Odio los probadores, los espejos de los probadores,
las luces de los probadores. Y a las dependientas animosas las odio particularmente.
“Yo lo veo muy alegre, muy juvenil, te favorece”. “Parezco una tienda de campaña para seis
personas”. “No, no, esa no es la actitud. Estás muy mona. Ponte éste, a ver, el
blanco, que es tan fresco y desenfadado”. “Parezco el camioncito de los congelados”. “No,
no, mira éste, que es más elegante, el negro de las lentejuelas”. “Parezco la
Caballé en el anuncio de la lotería”.
Al final conseguí comprarme una camisa. Y una falda. Y
calcetines. Y la ropa interior más fea y aburrida de la historia. Y me fui al hospital. Y entonces las buenas noticias, inesperadas y
explosivas.
Pensamiento número uno: no me van a freír la cabeza, me van
a ir quitando los corticoides, nada de quemaduras ni daños colaterales.
Pensamiento número dos: soy libre como el sol cuando amanece, o casi.
Pensamiento número tres: me podía haber ahorrado la mañana
de compras, joder.
[continuará]