Llevo unos días lentos y feos. Espero noticias, pero el teléfono
no suena, así que llamo yo y me topo con una centralita que no cede ante ningún
tipo de asedio, “buenos días, ¿me puede poner con la doctora Suárez, de
Oncología Radioterápica?”, “le paso”, no, señora, no me pasa, se lo juro que no; perdone, soy yo otra vez, y otra más, y otra. Voy al hospital en ayunas, extiendo el brazo ante las enfermeras
(que por lo menos ya no protestan ni se quejan de mis venas, como si me las
hubiera estropeado yo adrede nada más que para darles trabajo); me quito
los esparadrapos, miro con interés las manchas (rojas) y los pegotes (negros) que me quedan, calculo si me saldrá un moretón (azul), los
informes tardan, las nubes se levantan, que sí, que no...
Bueno, que gracias a la insistencia de mi hermana, que se pelea mejor que yo con las centralitas y con lo que haga falta, mañana a la una tengo cita con la doctora. Ella me
dirá cuándo empiezo con la radioterapia, y si antes me da tiempo de irme unos días a mi
casa, a mi sofá, a respirar y a jugar brevemente a que no pasa nada, y también si hay que fabricarme
una máscara nueva. Porque seguro que la que me hicieron a medida en octubre ya
no me cabe. Mi cabeza es gorda, inmensa, como la de un muñeco de nieve. Y el
resto de mi persona también sigue creciendo. Sobre todo la barriga y los lomos.
Ya solo entro dignamente en dos camisas. Hoy fui a ver si me compraba alguna más,
pero todo lo que encontré era muy triste, muy aburrido, como de maestra vieja
de catequesis. Se me ha ocurrido que podría vestirme de señora saharaui, aunque no sé si seré
capaz de aprender a mantenerme debidamente envuelta y caminar a la vez.
Mañana, también, es el primer examen de mis no-oposiciones.