Imagínate que eres una mortadela. No es tan difícil. A mí
no me cuesta ponerme en el papel, porque gracias a la medicación que tomo he ganado
doce kilos en dos meses. Sí, hoy me pesaron en el hospital. No lloré ni di patadas. Pero casi.
Bueno, pues tú eres una mortadela grande y lustrosa, italiana incluso, y hay unos
médicos que tienen gran interés en saber qué te pasa por dentro. Entonces, en
vez de hacerte lascas finitas con una máquina de esas de cortar embutidos, y
tomando en consideración que eres una mortadela viva, te meten en un aparato que
hace lo mismo, pero sacando imágenes, sin rebanarte ni nada irremediable.
Lo que hace este aparato se llama Tomografía por Emisión de
Positrones. Para que funcione, tú, mortadela querida, tienes que llegar a Medicina Nuclear en ayunas, ponerte una bata de papel azul, pasarte dos horas quieta,
callada, sin leer ni hablar ni oír la radio ni mirar el teléfono ni moverte apenas,
vamos, cero estímulos, y además tienen que ponerte un isótopo radiactivo que
creo que se llama flúor-18. Es muy bonito, porque te encierran en una habitación
amarilla de paredes muy gruesas, con un cartel en la puerta que dice “ZONA CONTROLADA –
RIESGO DE IRRADIACIÓN EXTERNA Y CONTAMINACIÓN”, y viene un enfermero y te
pincha con una jeringuilla de plomo.
Pasas a ser una mortadela radiactiva. Mucho más elegante. Casi
luminosa.Te meten dentro del aparato, te atan con unas correas y te dicen que
no te muevas. Total, es media hora. Luego te sacan, pero vuelven a entrarte otra
vez, y otra. Entonces te dejan vestirte y salir. A esas alturas llevas como
doce horas sin comer y bastante haces con no devorar al personal sanitario por
los pasillos. O a ti misma.
¿Alguien tiene un cacho de pan?