lunes, 25 de noviembre de 2013

32. Libros

Mi nivel de encharcamiento interior es tal que me han recetado unas medicinas especiales para ver si desaguo un poco y no reviento. Aunque hubiera sido bonito ver por dónde estallaba. Yo  habría votado por los pies. La cosa es que ahora me dedico a ir a mear cada veinte minutos. No pongan esa cara: sé que mi glamour es infinito e inquebrantable y que estas cosas les interesan un montón. Además, valoren mi contención, que podría ponerles fotos. Y bueno, en los ratos que me quedan libres busco lectura. Que no es fácil, porque ahora casi todo me da pena. En realidad en estos últimos días he triunfado bastante, porque rebuscando en el Rastro y en un sótano infecto con un letrero que decía “ocasión-ocasión” conseguí cinco libros interesantes, en perfecto estado, por 22 euros en total. Casi todos en inglés: dos de crímenes, dos de risa y el primero de la serie de Harry Potter. Tengo la esperanza de que me duren una semanita o dos. Me envenena la sangre empezar los libros y dejarlos a medias. Si son malos no hay problema, quiero decir, al guano se van, no pienso perder el tiempo (esto va por ti, Ruiz Zafón: sí, te tengo coraje, podemos atribuirlo a la envidia, pero dejando de lado mi pobreza estructural y mi amargura personal, “La sombra del viento” es objetivamente deleznable). Si los libros son buenos y no puedo con ellos porque sufro como una imbécil (me está pasando con Leonardo Padura, por ejemplo), me parece un desperdicio muy grande y no me consuela nada decirme “el año que viene podrás leer lo que quieras”.

Porque verán, ya no me atrevo a disponer del futuro. Igual el año que viene estoy regia. O no. O ni siquiera estoy. O no están ustedes, entiéndanme. Yo qué sé. El universo es poco de fiar.