Mi nivel de encharcamiento interior es
tal que me han recetado unas medicinas especiales para ver si desaguo
un poco y no reviento. Aunque hubiera sido bonito ver por dónde
estallaba. Yo habría votado por los pies. La cosa es que ahora me
dedico a ir a mear cada veinte minutos. No
pongan esa cara: sé que mi glamour es infinito e inquebrantable y
que estas cosas les interesan un montón. Además, valoren mi
contención, que podría ponerles fotos. Y bueno, en los ratos que me
quedan libres busco lectura. Que no es fácil, porque ahora casi todo
me da pena. En realidad en estos últimos días he triunfado
bastante, porque rebuscando en el Rastro y en un sótano infecto con
un letrero que decía “ocasión-ocasión” conseguí cinco libros
interesantes, en perfecto estado, por 22 euros en total. Casi todos en inglés:
dos de crímenes, dos de risa y el primero de la serie de Harry
Potter. Tengo la esperanza de que me duren una semanita o dos. Me envenena la sangre empezar los libros y dejarlos a medias. Si son malos no hay
problema, quiero decir, al guano se van, no pienso perder el tiempo (esto va
por ti, Ruiz Zafón: sí, te tengo coraje, podemos atribuirlo a la
envidia, pero dejando de lado mi
pobreza estructural y mi amargura personal, “La sombra del viento” es
objetivamente deleznable). Si los libros son buenos y no puedo con ellos
porque sufro como una imbécil (me está pasando con Leonardo Padura,
por ejemplo), me parece un desperdicio muy grande y no me consuela
nada decirme “el año que viene podrás leer lo que quieras”.
Porque verán, ya no me atrevo a
disponer del futuro. Igual el año que viene estoy regia.
O no. O ni siquiera estoy. O no están ustedes, entiéndanme. Yo qué sé. El universo es poco de fiar.