La señora sabe que se acerca el fin
del mundo porque va por la calle, rumbo a la Plaza de la Madera, y
encuentra, en un puestito de libros de viejo, uno titulado “El
elefante violador”. Que luego no, luego, bien mirado, es “El
elefante volador”. Dumbo. La señora suspira. Y mientras piensa que
eso debería haberle hecho gracia, oye que en la plaza ladra un perro
chico que lleva un chaleco turquesa, el pobre, y que más allá un montón de
niñas gritan y se ríen arrebatadas, a pesar de que de la puerta
grande del teatro sale una música alta y tristísima, como de
orquesta de difuntos. Y la señora se esfuerza en entender qué dicen
(las niñas, no los difuntos), pero no pilla nada, porque las niñas
son chinas y juegan en chino, y a ella le falta espíritu para
acercarse y decirles “cuéntenme, por favor, tradúzcanme, que quiero saber
qué les da tanta risa”. Además a las niñas las conoce, son fans
de la Pini, y acercarse a ellas significaría un rato de
chillidos de amor y pelos de punta, más otro de lanzamiento
intensivo de pelota por turnos. Y no, ahora no, que está muy cansada. En esas, sin querer,
la señora se ve reflejada en un escaparate y comprueba que no tiene
cuello, y se dice cosas del tipo “bah, tener cuello está
sobrevalorado, mira a Doraemon si no, o a Naranjito, y ellos sí que
triunfaron en la vida”, pero ni se anima ni se hace gracia. Entonces
se da cuenta de que han cerrado la churrería del otro lado de la
plaza y están alquilando el local, y se acuerda del viejito
enteramente vestido de blanco que la llevaba, con su delantal largo y
su bigote, y le da pena. Allí se queda con su pena idiota, porque
seguro que el señor está jubilado y feliz, sembrando papas y
calabacinos en algún cercado del Norte y procurando olvidarse del olor
del aceite requemado.
Entonces pasa el tranvía y
efectivamente se acaba el mundo. Durante medio segundo. Y luego
empieza otra vez. Y nadie se da cuenta, ni importa nada.