sábado, 23 de noviembre de 2013

31. El fin del mundo en la Plaza de la Madera

La señora sabe que se acerca el fin del mundo porque va por la calle, rumbo a la Plaza de la Madera, y encuentra, en un puestito de libros de viejo, uno titulado “El elefante violador”. Que luego no, luego, bien mirado, es “El elefante volador”. Dumbo. La señora suspira. Y mientras piensa que eso debería haberle hecho gracia, oye que en la plaza ladra un perro chico que lleva un chaleco turquesa, el pobre, y que más allá un montón de niñas gritan y se ríen arrebatadas, a pesar de que de la puerta grande del teatro sale una música alta y tristísima, como de orquesta de difuntos. Y la señora se esfuerza en entender qué dicen (las niñas, no los difuntos), pero no pilla nada, porque las niñas son chinas y juegan en chino, y a ella le falta espíritu para acercarse y decirles “cuéntenme, por favor, tradúzcanme, que quiero saber qué les da tanta risa”. Además a las niñas las conoce, son fans de la Pini, y acercarse a ellas significaría un rato de chillidos de amor y pelos de punta, más otro de lanzamiento intensivo de pelota por turnos. Y no, ahora no, que está muy cansada. En esas, sin querer, la señora se ve reflejada en un escaparate y comprueba que no tiene cuello, y se dice cosas del tipo “bah, tener cuello está sobrevalorado, mira a Doraemon si no, o a Naranjito, y ellos sí que triunfaron en la vida”, pero ni se anima ni se hace gracia. Entonces se da cuenta de que han cerrado la churrería del otro lado de la plaza y están alquilando el local, y se acuerda del viejito enteramente vestido de blanco que la llevaba, con su delantal largo y su bigote, y le da pena. Allí se queda con su pena idiota, porque seguro que el señor está jubilado y feliz, sembrando papas y calabacinos en algún cercado del Norte y procurando olvidarse del olor del aceite requemado.
Entonces pasa el tranvía y efectivamente se acaba el mundo. Durante medio segundo. Y luego empieza otra vez. Y nadie se da cuenta, ni importa nada.